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jueves, 22 de enero de 2015

Purgandus libri: Old man's war

¿Te gustó Aliens (aunque todos sabemos que no era la continuación de Alien) y ese Hicks que se duerme en una caída libre a cientos de kilómetros a la hora?


¿Te moló Starship troopers (mil veces mejor que su homónimo literario, que se toma demasiado en serio) y ese Rico que pasó de soldado raso a capitán en menos de lo que surge otro caso de corrupción?


Pues lo fliparás con 3:14, el juego de Gregor Hutton del que ya desvarié en otra entrada. He tenido la fortuna de jugar una partida y poder afirmar todo lo que dije hace casi un año: 3:14 es rápido, divertido y se ajusta como un guante a lo que pretende. Y además la edición de conBarba es una pasada. Para los que no hemos hecho la mili, debe ser lo más cercano a esa experiencia entrañable y formadora-del-carácter que dicen que es.




[caption id="attachment_2123" align="alignright" width="192"]OldMansWar(1stEd) "Oye, ¿me haces la portada para mi libro?" " No sé de qué va" "Da igual, hombre, lo primero que se te pase por la cabeza..."[/caption]

¿Te gustaría emular las hazañas de los citados marines, pero tus colegas son unos sosos que solo juegan al d&d o uno de sus malignos clones? Bueno, al menos siempre queda el onanismo del rolero (no, no hablo de los librojuegos): la literatura. Entre otros muchos desvaríos durante la partida que nuestro paciente máster, el sin par bloguero critiKrator, tuvo que aguantar, es que saliera a colación la novela que procedo a DESTRIPAR sin ningún tipo de reparo.


Old man's war, que supongo estará en castellano (pero que para que se note que me fui de Erasmus a Inglaterra, la leí en inglés), es obra de John Scalzi, que según parece es famosillo por Redshirts, novela que no conocía. No es un autor muy prolífico en cuanto a novelas se refiere; va más por el rollo freelance para revistas y periódicos. Este libro es parte de una serie, pero como hago desde hace unos años con las de televisión, yo me limito a la primera entrega.


Si el leer y jugar a 3:16 me recordó a esta novela es por ciertas similitudes en el trasfondo: un futuro no demasiado lejano, un cuerpo militar espacial que se encarga diplomáticamente de los posibles rivales extraterrestres, un tono desenfadado y desmitificador del tema bélico. Curiosamente, juego y libro son coetáneos (2005), aunque dudo que hubiera polinización cruzada, ya que lógicamente ambas beben a tragos de Starship troopers, de Heinlein (Editado: vaya ida de olla, mira que achacarle este truño al pobre Herbert).


El giro principal en esta obra es que la gente que vive en el planeta Tierra no sabe realmente qué está pasando ahí fuera. Nadie puede abandonarla sin haber pasado antes por el servicio militar espacial, y nadie lo hace antes de jubilarse; de ahí el título. Este misterio tan misterioso se resuelve rápidamente, y cualquiera que esté un poco al tanto de la ci-fi de los últimos años se imagina cómo se resuelve el tener a una banda de yayos dándose de piños en gravedad cero y sin obras de construcción a las que mirar: la transferencia de la conciencia a un cuerpo nuevo. Pero no cualquier cuerpo, no; un pedazo de clon de uno mismo, alterado genéticamente para sintetizar energía mediante fotosíntesis (green is the new black), con sentidos incrementados (pupilas gatunas, ¿adivináis quién tiene gatos en casa?), y un asesor informático implantado que lo mismo te despierta que te calcula parábolas para un disparo de mortero.


Tras desvelarse la incógnita inicial, el relato nos conduce por una sucesión de escenarios de guerra con variopintos seres, la mayoría malos malísimos y que merecen ser exterminados por nosotros los humanos, que como todo el universo sabe somos seres equilibrados y adornados con miles de gracias. Me gusta en especial una de las especies más malotas, cuya principal maldad es comer humanos; luego además resultan ser unos listillos y unos aprovechados. Y unos chivatos.


La escritura de Scalzi es muy de bestseller, tanto en el buen como en el mal sentido del término; no se enreda con disquisiciones morales o éticas ni pretende adornar su discurso con exóticas figuras estilísticas. Por otro lado, echa mano de recursos facilones y lacrimógenos, aparte de algo que tendría que estar prohibido bajo pena de exilio a una luna de Marte: lo romántico en la ciencia-ficción.


El resultado de este cóctel de nitrógeno líquido es una historia divertida, desenfadada y que parece pedir a gritos su plasmación en una aventurilla rolera. De hecho, en ocasiones la novela me recordaba a alguno de esos títulos exclusivamente ideados para la chavalería que sigue religiosamente alguna que otra ambientación mazmorrera como Reinos olvidados, por cómo se articula toda la narración en torno a lo que nos cuenta el protagonista, y cómo detalla casi como lo haría un manual de rol los nuevos poderes adquiridos, la etología de las especies alienígenas y los combates en los que se enzarza. Y es que no todo tiene que ser Stanislaw Lem en la ci-fi, hombre.


Wikipedia me ha pedido que deje clarito que la foto de la portada del libro tiene copyright y eso, así que lo pongo

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Purgandus libri: A fire upon the deep

[caption id="attachment_1876" align="alignleft" width="211"]Podría servir para casi cualquier obra de ci-fi Podría servir para casi cualquier obra de ci-fi[/caption]

Esto que voy a decir va a sonar muy gilipollas, pero cuando me siento (o tumbo) a leer un libro lo primero que espero es pasármelo bien. Hace ya más de una década y media, cuando era joven y romántico, me tragué todos los bodrios requeridos para una vida entera (ahí no procrastiné, fíjate), esos que salen en las listas de las mejores obras de la literatura. Ahora, entrando en la (interesante) madurez, cada vez me inclino más por lecturas que ante todo no me aburran. Ya no perdono un libro, si hace falta lo cierro, o lo regalo, o lo tiro por la ventana.


Por suerte, quedan ahí fuera billones de novelas de ci-fi (dura, blanda, poco hecha...) que encajan en mis bien sencillas expectativas. A fire upon the deep, con un título muy noventero (sí, es del 92) y por supuestísimo premiada con uno de esos galardones (en este caso el Hugo) de los que hay mil, puede llegar a engañar, pero al final no. Ahora me explico.


La gran mayoría de los autores de ci-fi que conozco son gente muy nerd. Son personas muy formadas intelectualmente, repletas de ideas y teorías de toda índole (sobre todo físicas o matemáticas, y ahora cada vez más tecnológicas). Pero, qué jodíos ellos, los que han triunfado son los que han logrado transmitirlas con un envoltura entretenida y comunicable, no con densos tratados y ensayos de los que quedan arrumbados en una estantería de universidad. Vernor Vinge, el autor de esta novela, así lo ha hecho. Ha metido a presión unas cuantas teorías (casi ni caben), pero la parafernalia con las que las ha presentado logra que hasta parezcan sencillas. Y, lo más importante, muy divertidas.


De nombre completo Vernor Steffen Vinge, este buen hombre no se ha prodigado en demasía en el campo de la literatura. Su biografía dice que es profesor de universidad retirado, experto en computación y otros campos relacionados. Así, a priori, puede dar hasta grimilla (recuerdo a algunos profes de universidad y me entra sueño). Entre algunos de sus logros, es supuestamente otro de los múltiples padres ideológicos del ciberespacio (ni Freddy Krueger tiene tantos progenitores), y le ha dado duro al tema de la Singularidad (Singularity en inglés) en ensayos y en sus obras literarias (ha llegado a afirmar con rotundidad que la creación de una inteligencia artificial marcará el final de la humanidad tal y como la conocemos... vamos, que le mola Terminator).


A fire upon the deep explora con profundidad (nunca mejor dicho) este tema. Se nos presenta muy a lo Space opera en un comienzo, situando la acción en un planeta-estación de servicio cuyos habitantes son los comerciantes quintaesenciales, y que alberga representantes de una infinidad de especies inteligentes. Desde la primera página se nos explica que la galaxia donde tal colección de bichos raros habita (la vía láctea) está estratificada en zonas, desde el deep del título hasta el trascend, y que dichas zonas condicionan la capacidad intelectual y el funcionamiento o incluso la posibilidad de tecnología avanzada. El porqué existen estas zonas nunca queda claro (aunque la resolución de la historia apunta a una solución), pero su efecto es totalmente real. Los planetas que pertenecen al deep no albergan especies inteligentes o las que lo son nunca llegan a salir de ellos, mientras que en el trascend se pueden encontrar entes de enigmáticas y vastas inteligencias (a lo Q de Star trek). Y sí, los humanos están presentes (cómo no), pero provienen de zonas próximas al deep y nunca se han comido un torrao.


Curiosamente, son un grupo de humanos los que despiertan a un ente que llevaba aislado durante billones de años (esto sí me parece factible, que seamos los que la cagamos), un ente con un poder desmesurado pero con aviesas intenciones, que va a catapultar la acción y a cambiarlo todo, incluso la dinámica de zonas en la galaxia. Tomando como protagonistas a un variopinto grupo (una humana, un proxy con forma humana de una inteligencia poderosa, y un par de plantas sobre ruedas... sí, es lo que son), viajamos hasta un planeta cercano a la zona deep donde la especie predominante es una forma de inteligencia colectiva concretada en manadas perrunas. Sí, lo sé, ¿pero por qué no? También os podría decir que hay por ahí una especie de mariposas altamente belicosas y dueñas de la mayor y más peligrosa flota de guerra del cuadrante. Ya lo decía, muy Space opera, pero nada de esto resta un ápice al interés de lo que se cuenta o del fondo que ello esconde.


Resumiendo y yendo al grano: a dicho planeta canino (donde tiene lugar gran parte de la acción, por cierto) ha ido a parar la única nave humana que escapó al descubrimiento del malote de la historia, la que alberga la única solución para pararle. Y allí que van los parias descritos antes, sorteando peligros y haciendo descubrimientos inquietantes, hasta desencadenar con su llegada un hecho cataclísmico que cambiará para siempre la galaxia.


¿Por qué me ha gustado este extraño pastiche, aparte de por ser endiabladamente ameno? Primero, porque trata el tema de la paradoja Fermi de una forma graciosa y hasta posible. Sí, ya sabéis, esa que no se explica qué hacemos tan solitos si en teoría el universo debería estar petado de  especies inteligentes dando garbeos; aquí se dice claramente que la mayoría terminan autodestruyéndose o se hunden en un declive mortal (o alcanzan una Singularidad que las aniquila). Segundo, porque es emocionante. Casi todos los episodios terminan en cliffhangers, y casi todos nos descubren algo nuevo y sorprendente, algo crucial. Y lo hacen de una manera progresiva, sin trucos ni trampas repentinas ni salvaciones poco plausibles de última hora. Tercero, porque está muy bien escrito. Las descripciones de las civilizaciones alienígenas, y sobre todo la de los tines o mentes perrunas, son tan meticulosas y, pues eso, alienígenas, que se salen de todo lo visto con anterioridad (nada de tíos feos con cabezas rarunas que parecen humanos).


Curiosamente, cuanto más viajo al pasado de la ci-fi, mejores obras me encuentro. ¿Otro síntoma de hacerse uno viejo?

viernes, 11 de abril de 2014

Desclasado: Vuelve el gurú

[caption id="attachment_1592" align="alignleft" width="300"]En la fantasía, parece ser que las puertas siempre son negras En la fantasía, parece ser que las puertas siempre son negras[/caption]

Yo también soy de los que reconozco abiertamente (podríamos hacer una camiseta con un lema) que una de las razones por las que me decidí a bloguear y a probar con el old school es el malogrado blog de James Maliszewski, aka Grognardia (que sigue disponible, y que sigue siendo 100% recomendable). El bueno de apellido-impronunciable-James se dedicó durante cientos de entradas a hablar mucho y bien sobre juegos de rol, las influencias que los engendraron, y teorizar sobre su propia esencia (de los juegos de rol, no la suya personal). El componente nostalgia tenía un peso innegable (y con razón, este hombre lleva treinta años jugando, leyendo y escribiendo sobre rol). Por desgracia, hace cosa de un año y pico, James dejó de escribir en su blog. No voy a entrar en detalles al estilo sálvame; sencillamente, tuvo un momento de bajonazo personal. La comunidad rolera internacional perdía así uno de los referentes más importantes de la última década, una voz insustituible.


Pero hete aquí que hoy mismo me entero por el incontenible Tenkar que James ha vuelto al mundillo blogueril a través de una página que desconocía, Black gate. Buscando como he podido (ya que la paginica no tiene la opción de buscar por autor, menuda cagada), he detectado cuatro entradas, en las que vuelve a gustarse cavando hondo en las raíces de la afición y la literatura que la cimentó. Para los que hemos leído su anterior trabajo, es como llover sobre mojado, pero aun así se agradece tenerle de vuelta.

jueves, 6 de marzo de 2014

Purgandus libri: Dos lecturas para el 8 de marzo

¿Qué preferís, utopía o distopía (palabra, por cierto, que la ínclita y rancia RAE todavía no contempla)? ¿Susto o muerte? ¿Quién dijo que la ci-fi era cosa de hombres? ¿O que hacen falta tiroteos láser, humanoides con cabezas raras o hacer un cursillo sobre física cuántica para comprender un párrafo entero?


Estas dos novelas rompen con los estándares del género en todos los planos. En ellas la, para mi gusto, principal función de la ci-fi se coloca en un primer plano: la política-ficción. Repito: no la política de levantarte con resaca un domingo cada mil años y elegir la papeleta con el logo más chorrica, saludar al vecino que le ha tocado pringar en la mesa electoral y tomarse el vermut hablando de fútbol. La política de verdad, la impepinable necesidad de organizarnos como seres sociales que somos (para bien o para mal) y no dejar que otros de esos seres sociales (o sociópatas) lo hagan por nosotros.


También hacen protagonistas de la historia a los seres humanos que las pueblan y sus relaciones personales. "Pero" - me diréis - "eso lo hacen todas las narraciones, sean de este género o de otro". Pues no, para nada. La ci-fi clásica siempre se ha interesado más por contar una ocurrencia chocante, alejada de nuestra experiencia personal o de lo posible en la actualidad. Y oiga, que esto está chachi y lo paso pipa con historias así de vez en cuando; pero si puedo elegir, elijo libros como los que comento en esta entrada. Podría decir que este tipo de obras son por las que mi género favorito de ayer y hoy es la ciencia ficción.


"¡¿Y esto qué tiene que ver con el rol, pesado!?", es la airada queja. Bueno, aunque sea una forma de verlo muy indie y hipster, jugar a rol no deja de ser contar una historia, ya sea de sencillos pillajes y masacres, de gente súper atormentada con súper poderes que además da la casualidad que son vampiros, o de lo que se te pase por la quijotera y las reglas te permitan (o no). Pocos juegos se han atrevido a abrir el melón de la simulación política (se me ocurren un par de ellos solamente, Aria y Houses of the blooded), y si lo hacen (como ACKS o Pathfinder) es para usarlo como un recurso económico más, no como fuente de debate o fin en sí mismo. Vamos, que nos la suda un millón. Ojalá la lectura de libros como estos propiciara aventuras políticas con más enjundia.


TheDispossed(1stEdHardcover) Los desposeídos, The dispossessed en inglés, de Ursula K. Le Guin. ¿Cómo sería una sociedad anarquista de verdad, una que surja (como sospecho que siempre ocurriría) en oposición a una capitalista? Es una pregunta retórica, no me inundéis de comentarios (o sí): la abuela Ursula fantasea sobre la posibilidad. Y lo hace desde la perspectiva de Shevek, un convencido miembro de la sociedad Odónica de Anarres (la luna de Urras), un grupo humano organizado en base a ideas anarquistas. Por muy fan que sea Shevek de cómo se maneja el cotarro en Anarres, no puede dejar de advertir los fallos que lo plagan, uno de ellos el impedimento de poder concretar su teoría física en una herramienta práctica para acelerar los viajes espaciales. Así que echándole agallas, se autoexilia a Urras, la antítesis de Anarres en todos los sentidos (un mundo rico en recursos, regido por sociedades autoritarias y capitalistas en mayor o menor medida) para poder dar salida a sus estudios.


El choque para Shevek al llegar a Urras va desde un idioma radicalmente distinto al suyo (con conceptos gramaticales como posesión, que no existen en su idioma natal), dinámicas de desigualdad por sexo o riqueza (erradicadas en su mundo de origen), y derroche de los recursos naturales (Anarres es un mundo baldío, con poca agua y vegetación). Aunque el físico prófugo es un invitado de honor en una de las naciones de Urras, desde el principio se ve implicado en una red de intereses cruzados, facciones enfrentadas y gente con pocos escrúpulos. Incluso una persona crítica, con una mente científica y analítica como el protagonista se da cuenta rápidamente de lo que ha dejado atrás, de lo que ha sacrificado por dar cabida a su vocación.


La añoranza del físico al recordar su pasado desde su más tierna infancia y contraponerlo a la realidad que se encuentra en Urras es conmovedora, muy realista y muy plausible. Leyendo esta novela, hasta yo tuve morriña de que verdad existiese una sociedad así, incluso con sus fallos y todo (Shevek recuerda cómo hay gente inadaptada también en su mundo, cómo las mismas organizaciones que no deberían ser autoritarias a veces devienen en prácticas de esa índole si no hay una continua supervisión de toda la gente que forma parte de una sociedad, y que las enemistades e inquinas siguen vivas aunque la violencia haya sido casi erradicada).


TheHandmaidsTale(1stEd)


El cuento de la doncella, The handmaid's tale en inglés, de Margaret Atwood. Del optimismo al más aciago pesimismo. Una sociedad ultra religiosa y castrense resultante de un golpe de estado en un ficticio y futuro Estados Unidos, donde las mujeres son tratadas como seres inferiores y bajo el mandato y capricho de los hombres (¡Epa! ¡Como está pasando ahora en España!). El relato en primera persona de Offred (literalmente, "of Fred", "de Fred", propiedad de Fred), una mujer que vivió la transición de una sociedad cada vez más violenta e inestable en una... pues en otra sociedad cada vez más violenta e inestable, claro. Ella, al ser joven y fértil, se ve destinada a una de las funciones que el nuevo estado religioso adjudica a las mujeres según su ideología, estado físico o incluso belleza: en su caso, ser una doncella, una especie de paridora oficial de un mandamás del régimen.


Es muy feo comparar, pero es al fin y al cabo en lo que me he metido al hablar de dos libros. Mientras que Le Guin escribe con un estilo fluido, a veces incluso espartano pero que consigue mostrar a la perfección lo que pretende comunicar, Atwood roza la lírica en su narración, y la recarga de sentimientos y sensaciones muy subjetivas, colocándonos a la fuerza en la cabeza de la protagonista, y logrando así que la sensación de claustrofobia, ira y rabia contenida, y profunda desesperanza supure por los cuatro costados del libro y haga necesario dejar de leer a menudo. Sí, en verdad pocas obras me han afectado tanto en este sentido: el agobio se hace casi palpable, se crea un denso nudo en la garganta. ¿Lo peor de todo? Que aunque la novela trate de una sociedad imaginaria, existen análogos hoy en día en mayor o menor grado similares a la república de Gilead... y no hace falta irse muy lejos, no.


Es también escalofriante la verosimilitud del relato, los brutales detalles del día a día de Offred y otras mujeres, forzadas (o algunas de ellas, por desgracia, con aquiescencia y apoyo al régimen) a vivir en una cárcel de invisibles barrotes. Hombres y mujeres zombificados, viviendo en un conformismo aterrador, y muy a menudo agentes de una rampante hipocresía que siempre es el resultado de la opresión y de una sociedad basada en las apariencias y la inflexible adherencia a una normas inhumanas y estúpidas. De nuevo, leído en otro contexto, podría describir partes de nuestro día a día...


Veredicto: "La revolución será feminista o no será". Feliz día de la mujer.

jueves, 23 de enero de 2014

Purgandus libri: Snow crash

[caption id="attachment_1410" align="alignleft" width="200"]200px-Snowcrash Una puerta Sumeria, Katanas, y un paisaje a lo TRON... y eso en la portada[/caption]

Desde que empecé a leer ciencia-ficción, me quedó claro que lo que la mayoría de los autores pretendían era, más que fantasear con mil y un inventitos, predecir las sociedades del futuro y las relaciones entre los habitantes de dichas comunidades. Es cierto que el pasado siglo nos ha enseñado cómo la tecnología puede cambiar profundamente nuestros hábitos y forma de vivir... o no; hay partes esenciales del ser humano que continúan presentes, y sospecho seguirán ahí aunque nos desperdiguemos por las estrellas o podamos vivir eternamente.


Me gustaría poder alardear de leerme un libro al día o alguna machada por el estilo, pero por desgracia soy más inconstante que los impuestos de las eléctricas. Las épocas de bajona lectora se ven interrumpidas, al estilo bipolar, por otras en las que un libro o varios me empujan a volver al placer de dejarme los ojos sin parar. Snow crash fue el pistoletazo de salida para repasar algunos clásicos de la literatura de este género, y en verdad más que despertarme del letargo lector me propinó un patada en los dientes: es de esos libros que parecía estar agazapado, esperando a ser leído.


Bajo la apariencia de una sátira hiperbólica y repleta de humor negro, nos encontramos con una obra conscientemente enmarcada en el subgénero cyberpunk, y que aborda temas complejos y alejados de la órbita del género. Lo que en principio parece un romp sobre un simpático perdedor (un samurái callejero, para los amantes del Cyberpunk 2020) se convierte en un tratado sobre historia Sumeria, neurolingüística y hacia dónde va Internet. A ver quién me compra un lío, oiga.


Aunque el desarrollo de la historieta que vertebra el relato es entretenido, no es lo que más me atrajo de este libro. Las pinceladas aquí y allá de política-ficción son variadas, posibles y divertidas: el estado en el momento del relato de los Estados Unidos, con sus naciones-franquicia (El Gran Hong-Kong de Lee), su plétora de servicios privatizados (la policía y las cárceles, por ejemplo), las compañías o corporaciones mostrando su verdadera cara (la cadena de pizzerías Tío Enzo, una mafia organizadísima y sin ningún pudor). La visión de la Internet del futuro, por supuesto elemento fundamental e inevitable en una novela de estas características, aquí llamada metaverso y que ya es una especie de realidad virtual aumentada: con sus avatares (término que aunque no es original del autor, influyó decisivamente para que se popularizara en la Internet de verdad), su paisaje virtual plagado de émulos del real, sus élites (los hackers, por supuesto), sus virus (el famoso Snow crash del título) que amenazan con afectar a la esfera de lo real y no circunscribirse a lo virtual.




[caption id="attachment_1411" align="alignright" width="166"]Gigamesh y sus portadas... Gigamesh y sus portadas...[/caption]

Y el componente pedante, más serio y que fue el que definitivamente me vendió el relato, la loca teoría que da razón al libro, la del origen de las lenguas. Yo no soy lingüista (bueno, salta a la vista), y sé poco de teorías o de gramáticas, pero me encantan los idiomas y cómo "funcionan". Si me explayara explicando el fondo de la historia haría un destripe de ley, así que simplemente diré que Stephenson echa mano de la mitología sumeria para explicar por qué las lenguas humanas están tan diversificadas pero al mismo tiempo se dan fenómenos como las religiones o los actos de las muchedumbres (histerias colectivas, linchamientos, y otras bonitas acciones en masa). Enlazarlo con la genética o la neurología me parece que, aunque suene a locura fantástica, tiene cierto fundamento científico como algunos investigadores han aventurado. Y es que la capacidad para comunicarnos (o decidir no hacerlo, como por desgracia pasa a menudo) es un enigma que todavía peta los doctorados de fin de carrera y las becas para investigación. En serio, os lo digo.


Pero no nos olvidemos para nada de Neal Stephenson, el autor. Cuando se publicó esto, en 1992, ya había escrito alguna cosilla, aunque las nominaciones para varios premios especializados le dieron el empujón necesario para pasar a la liga de los grandes. Alguien a quien le gusta la criptografía, las neurociencias, la lucha con espada y la segunda guerra mundial no puede ser mala gente, joer. Y seguro que la mayoría de los lectores le conocen por Criptonomicón, tremendo tochazo que no he podido abordar todavía pero que promete un aumento exponencial en locas hipótesis y luchas ocultas, amén de hacer un guiño brutal a Lovecraft (aunque dudo que vaya más allá de la anécdota por el título del libro maldito).


Aunque me ponga un poco intenso, el componente de acción, intriga y dolor de barriga es también soberbio, así como los personajillos que dan color a este mejunje (y tanto que mención especial a la galería de seres, desde el prota, un hacker samurái, pasando por su némesis, un indio de los hielos de Groenlandia cuasiindestructible, o el guiñapo vietnamita especialista en sistemas de seguridad y que pasa más tiempo en el metaverso que en la realidad, hasta el mismísimo capo di tutti capi tío Enzo, el pater familias de la cadena pizzera por excelencia), los escenarios (esa barcaza-nación que se monta el millonetis-cerebro criminal), o las escenas de tortas (la persecución en moto por el metaverso adquiere tonos épico-digitales). Y esa pedazo de línea con la que comienza el capítulo 36, y que de memoria viene a decir que hasta cierta edad, todos los varones tenemos la infantil ilusión de que podríamos convertirnos en máquinas de matar por las peregrinas razones que nos han mostrado cómics, películas o videojuegos; ya sólo ese comentario jocoso y desmitificador vale la obra entera.


Seguramente me lo estoy inventando (qué mala manera de empezar una frase), pero está claro que juegos como el ya nombrado Cyberpunk 2020 o incluso Over the edge deben mucho al corpus artístico de Stephenson (¿Samurái callejero?). No sé qué ocurrió con este subgénero rolero, porque lo siento mucho pero Shadowrun no cuela (con todo el respeto); no sé, parece que fue una moda finisecular. Como un gran amigo mío dice, la clave es que ya estamos viviendo en un mundo muy cyberpunk. Y claro, a nadie le gusta simular lo real, para eso echas un vistazo al telediario de turno.


Veredicto: Stephenson derrocha clase. Con una frase puede explicar mejor una pelea o una relación sentimental que muchos con un párrafo. Hay algo inasible, indescriptible que diferencia una novela bien escrita, y por las venas de Snow crash fluye esa etérea esencia. Y recuerdo que hay luchas con katanas, por si la razón lírica os la suda.

martes, 22 de octubre de 2013

Purgandus libri: Las estrellas, mi destino

[caption id="attachment_1141" align="alignleft" width="224"]Vuelve lo viejuno Vuelve lo viejuno[/caption]

Con la literatura, y más con la de ciencia-ficción, me está pasando como en una novela de dicho género: cuanto más viajo al pasado, mejor material encuentro y más disfruto. Es curioso comenzar el camino al revés: haber leído ciertos clásicos contemporáneos o de finales del siglo XX y luego empezar a desenterrar las novelas precursoras. A riesgo de sonar rancio y viejuno, lo nuevo es meramente un pastiche de lo ya escrito.


Esta novela apareció originalmente en (agarraos los machos) 1956, en la revista Galaxy (la portada ilustra la entrada), en cómodas entregas. No es la primera coincidencia y paralelismo con otro tipo de literatura surgida mucho antes, los folletines; luego abundo más en el tema. Alfred Bester, luego laudado como uno de los más importantes escritores de ciencia-ficción, no se comió un torrao en vida, el pobre; muy típico de la literatura. Así le pasó al hombre, que dejó la sci-fi y se dedicó a otros menesteres.


Salvo en contadas ocasiones, la ciencia-ficción ha elegido derroteros más cercanos al cine que a la literatura en las últimas décadas; influencia de ida y vuelta, parece ser. No así esta novela; ya desde el comienzo Bester deja claro que aquí el contexto futurista es un telón de fondo para el desarrollo de su personaje principal, Gulliver Foyle, el Tiger, tiger! del título alternativo, y que hace referencia al famosérrimo poema de William Blake. Él es, debido a un tatuaje en la cara, el felino depredador metafóricamente agazapado en la selva. Su historia debe más a Shakespeare y a Dumas que a la gran pantalla; en particular, los paralelismos entre la historia del Conde de Montecristo y la que nos ocupa son abundantes.


El protagonista, un burdo mecánico espacial atrapado en una nave a la deriva e ignorado por otra que podría haberle rescatado, jura vengarse del capitán de esta última, caiga quien caiga. En el futuro que habita Foyle las capacidades humanas empiezan a desarrollarse exponecialmente, y el teletransporte (denominado jaunt, término que tan bien conocemos por el D&D), es una capacidad tan real como escaquearse en el trabajo o dejar para mañana lo que puedes hacer hoy. Foyle es recuperado milagrosamente y devuelto a la civilización, y desde ese momento su vida se convierte en una caza continua de la persona que le negó la ayuda. Con tal fin, se ve forzado a cultivarse, a convertirse en la persona que sí podrá acceder a su enemigo, transformándose así por completo e impulsando sin proponérselo un cambio de toda la especie humana. Que no es moco de pavo, oiga.


Hay críticos y exégetas que quieren ver el origen de lo cyberpunk en esta novela, opinando que los incipientes rasgos de ese género ya se pueden observar aquí: corporaciones que gobiernan el mundo (como hoy en día), polarización socioeconómica de la sociedad (¡como hoy en día!), tecnificación hasta lo absurdo del día a día (¡tres de tres!), etc. Con tantos padres, al final va a resultar que el saiberpán es Freddy Krueger.


Siempre defenderé que la mejor ci-fi es aquella que se viste de ambientes y entornos futuristas para tratar los eternos dilemas humanos de identidad, búsqueda de uno mismo, individualismo vs. colectividad, justicia, progreso social... lo de menos es siempre qué tecnologías se profetizan, si no cómo estas nos cambiarán a nosotros y a la humanidad. Bester con esta obra se posiciona claramente en el bando más optimista, apostando fuertemente por la capacidad de los seres humanos de decidir por sí mismos y de encontrar el camino que literal o figuradamente nos llevará a las estrellas. Y aunque suene a perogrullada, el autor aporta una reflexión que a mí me suena a verdad universal: el único sentido de la vida humana es ser vivida hasta las últimas consecuencias, simple y llanamente. Y esto, a la hora de la siesta os lo estoy contando.


Finalmente, y esto es algo que no tiene nada que ver con esta gran novela, me doy cuenta de que disfruto muchísimo más con la ciencia-ficción que con la fantasía, y que cuando tengo que elegir un libro que leer es de dicho género. Lo que me intriga a mí mismo es el porqué sigo prefiriendo la temática fantástica al sentarme a una mesa a echar unas partidillas de rol... ¿será que ningún juego o ambientación de ci-fi hasta ahora me han convencido?


Veredicto: Que me corrija quien entienda más de estos temas que yo, pero la obra de Bester tiene más de 50 años, así que posiblemente ya se puede disfrutar libremente, sin sentirse culpable por estar quitando el pan de la boca a ningún creador. Incluso en el caso contrario, bien merecen la pena las perras empleadas en esta gran obra. Aunque se lo lleven sus herederos.

martes, 9 de julio de 2013

Purgandus libri: The forever war

[caption id="attachment_958" align="alignleft" width="204"]Portada de la primera edición de 1974 Portada de la primera edición de 1974[/caption]

Me declaro, sin ningún tipo de tapujos, antimilitarista. Soy perfectamente consciente de que nuestra afición utiliza frecuentemente la temática militar, en cualquiera de las miles de ambientaciones o de sistemas que pululan por ahí, y que de hecho el primer juego de rol surgió de uno de simulación de batallas. El combate suele ser el núcleo y parte importante de la mayoría de reglamentos, y raro es el que no hace alusión a grupos militares o habla directamente de ejércitos. Yo, de hecho, colecciono y juego con miniaturas de un juego de escaramuzas, aunque son de aspecto fantástico; nunca me ha atraído el rollo histórico, pero entiendo perfectamente el interés que puede despertar (he participado con mucha expectación en el crowdfunding de Domains at War, un sistema que promete poder usar cualquier tipo de ejército y cualquier escala para echarse unas batallitas).


Hay decenas de juegos que tocan temas duros, incómodos, de los que normalmente ni hablaríamos en el día a día: para eso está el rol, para explorar y catalizar aquello que afortunadamente consideramos inmoral o despreciable. Sin embargo, la cuestión armamentística no suele discutirse, o de manera muy marginal. Nos parece increíble lo destinado a la casa real o a obras públicas faraónicas e inútiles, pero no sé si se habla lo suficiente de lo que cuesta un tanque o un simpático helicóptero de combate. Joe Haldeman, el autor de Forever war, en castellano La guerra interminable, tiene el mérito de ser un escritor de ciencia-ficción Estadounidense que se atreve a criticar duramente la escalada sin fin de la industria militar en un país que ensalza y glorifica lo castrense, y que basa su poder en su fuerza militar.




[caption id="attachment_959" align="alignright" width="211"]Una página del cómic de Marvano basado en la obra de Haldeman Una página del cómic de Marvano basado en la obra de Haldeman[/caption]

Publicada por primera vez en 1974, ganó el premio Nébula, el Hugo y el Locus, aunque para mí esto es lo de menos; supongo que a una obra le viene de perlas para darse a conocer más allá de los estrechos círculos de fans del sci-fi. Cuenta esta novela la historia de un soldado que se enfrenta a través del tiempo y el espacio a una civilización extraterrestre, y cómo este conflicto altera inevitablemente su vida, la de sus amigos y familiares, y la de la misma humanidad. Al ser parte forzosa del ejército terráqueo, se ve arrastrado de un confín de la galaxia a otro, en viajes mediante naves que alcanzan velocidades próximas a la de la luz; de este modo, el paso del tiempo para el protagonista y sus amigos se ve totalmente distorsionado, y en las contadas ocasiones en las cuales regresan a la tierra lo que para ellos parece haber sido uno o dos años se traduce en décadas o incluso siglos para el resto de la humanidad. Fuera de lugar, desorientado, e incluso rechazado por la gente a la que se supone que tiene que defender, el protagonista comprueba en primera persona la sinrazón de la guerra, la inútil pérdida de miles de personas y extraterrestres, el sentirse como una marioneta en manos de desconocidos con oscuros objetivos.


The forever war me parece digna de interés no sólo por su acendrado mensaje antimilitarista, si no también por sus teorías antropológicas y transhumanistas. Haldeman no se detiene en el impacto de la guerra sobre una persona (aunque es quizá a lo que da más peso en el libro), y teoriza sobre a qué nos conduciría una confrontación armada prolongada frente a un enemigo tan tenaz, sistemático, e irracional como nosotros. El final me sorprendió y me recordó poderosamente a una novela que nada tiene que ver con ésta ni con su temática: Las partículas elementales, de Houellebecq. No voy a pisar más el libro, pero profetiza que o cambiamos como especie (ojo, no únicamente como cultura o civilización) o nos vamos al carajo.


Cómo no, la novela de Haldeman se vio inevitablemente comparada con Starship Troopers, de Heinlein. Dice la leyenda que muchos quisieron ver un enfrentamiento entre ambas obras, pero que el autor de la cual disecciono en esta entrada despejó cualquier tipo de dudas al admitirse seguidor de la carrera de Heinlein y felicitarle en persona en varias convenciones. Cierto es que Starship Troopers parece a todas luces un elogio del modo de vida castrense y de las supuestas hazañas de un grupo de soldaditos en sus guerras contra mil y un bichos alienígenas; este libro es también parte de la lista que el ejército de EE.UU. propone a sus muchachot@s como lectura sugerente para matar más y mejor. Sí, no es coña.


Algo es totalmente cierto: Joe Haldeman, un veterano de Vietnam, volvió de la guerra asqueado y con las ideas muy claras sobre lo que significa un conflicto armado y el militarismo, por desgracia predominante no sólo en su país y en la actualidad si no en casi todas las culturas humanas a lo largo de la historia. El autor escribió dos partes más de la historia (que no he leído, no soy muy amigo de segundas o terceras partes), y colaboró en la adaptación al mundo del cómic de su libro. Pero el detalle que ha hecho estremecerme y temer por la integridad del mensaje de Joe es que... ¡Ridley Scott quiere rodar una peli! ¡Noooo! Parece ser que compró los derechos para hacer un guión hace unos años, y que está en desarrollo. Ha dicho lindezas tales como que "va a usar las técnicas aprendidas en Avatar para dar vida a la novela de Haldeman". Qué miedito. La máquina trituradora que es Hollywood seguramente machacará la idea original del autor y dará mayor protagonismo a las batallitas que aparecen en sus páginas, como si lo viera. Será un blockbuster mierdoso de protas guapetes y cachas, tiros y explosiones, y más propaganda militaroide. ¿A quién se le ocurre cederle tu novela a Scott, Joe? Menuda cagada.


Veredicto: Cuanto más viajo al pasado, más me sorprenden y gustan las novelas de fantasía o ciencia-ficción que encuentro. No quiero sonar retro, pero la mayoría de la buena ficción ya está escrita... y lo ha estado durante varias décadas. Muy, muy recomendable.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Rol y política: Declaración de intenciones

Hace unos días tuve un pequeño percance que me hizo replantearme, por fin, el polémico y farragoso tema de la piratería, la propiedad, el consumismo y la virgen de la macarena.


La cuestión es que trasladé toda mi colección musical en formato digital de un disco duro a otro, y al día siguiente descubrí que la había perdido por completo. Disuelta en el éter, borrada de la faz del sílice, desperdigada en los vientos binarios. Sinceramente, aunque algunos de los álbumes los había pagado, la gran mayoría los había descargado de aquí o allá por la filosa.


Sin caer en ningún momento en la nostalgia o el pánico, me di cuenta que no había escuchado gran parte de esa inmensa y fantasmagórica colección musical en meses o años. Que me había limitado a acumular en polvorientos anaqueles virtuales canciones y discos porque sí, porque podía hacerlo. He de admitir que llevaba tiempo dándole vueltas al tema de la piratería (término que detesto y que para nada describe el fenómeno que hemos vivido y vivimos en la actualidad, así que me niego a volver a utilizarlo), y por otros derroteros estaba a punto de llegar a la misma conclusión; este pequeño accidente me hizo alcanzar una determinación más rápidamente.


http://mirrors.creativecommons.org/presskit/logos/cc.logo.large.png


- Me cago en la legalidad. Vivimos en un mundo (humano) injusto, históricamente y en la actualidad. Las personas que dictaban y dictan las leyes son las mismas que las ejecutan y que se las pasan por el forro o las alteran cuando les conviene. Ya partiendo del hecho de que la tierra no debería ser de nadie, y que es el primero y mayor robo de la historia de la humanidad, todo el concepto de propiedad (más allá de lo que usas en el día a día y te permite vivir) únicamente ha causado infelicidad y violencia.


- El arte no es morirte de frío. Si el arte no es un fin en sí mismo (es decir, si pides pasta por él), lo siento muchísimo pero deja de ser arte. Si alguien te paga por hacer algo, ya sea cavar una zanja o pintar un cuadro de su feísimo esposo, el fin de la acción es ganar el puto dinero que te permite seguir en esta carrera de ratas. Nunca debimos de perder la independencia alimentaria o productiva, amigos.


- ¿Por qué lo llaman cultura, cuando quieren decir negocio? Me divierte enormemente que llamen cultura a una película financiada por terceros que meten la tijera cuando pueden o un churretoso disco de cuatro chavales milimétricamente diseñados en sus sosas letras, peinados e indumentarias. Y el espectro se puede ampliar. Volviendo al punto anterior, si tienes que pagar por la cultura, empecemos a llamarla de otra forma; la cultura que yo conozco es lo que nos hace humanos, no consumidores. La mayor parte de lo que se obtiene de gratis de forma compulsiva en internet cuando en realidad se pide dinero por ello es el producto del establishment, de las élites de este sistema consumista. Según ellos, por lo tanto, una persona pobre no puede tener acceso a la cultura, más allá de la marginal, o sobre la que ya no pesa los derechos de propiedad intelectual. Me cago en esa cultura, por lo tanto.


- No lo quiero ni regalado. No sé cómo se justifica cada uno a la hora de obtener películas, series, libros, cómics, música, o los planos de la estrella de muerte en internet y sin pagar. Supongo que la mayoría lo hemos hecho o hacemos porque podemos, y ya; habrá otra gente que lo considere un acto Robinhoodesco, poner en manos de la gente lo que egoístamente se reserva a los pocos privilegiados que pueden pagarlo. Yo estoy harto de ser contradictorio. Esta desaforada acumulación es signo evidente de nuestros tiempos, en los que más es mejor, aunque no llegues a leer o jugar o escuchar todo ese material que almacenas en un búnker digital. Obtener esos productos es al fin y al cabo formar parte del sistema, quieras o no; aunque no pagues por ellos.


- Hay alternativas. Como se puede comprobar, internet ha permitido que miles de proyectos alternativos al injusto modelo capitalista-consumista se propaguen y puedan comerle terreno. Por ejemplo, los tan polémicos mecenazgos en masa, mal usados o no, suponen poder saltarse a un grandísimo intermediario: las editoriales. Miles de autores de juegos de rol han podido compartir sus obras sin necesitar de alguien al que le parezca bien o rentable la creación. Pero voy a ir más allá: las herramientas que usamos en el día a día conforman el mundo que vivimos, así que deberíamos ser exigentes con ellas y no apoyar compañías cuya ética deja bastante que desear. ¿Qué sentido tendría dejar de descargarme contenidos por el morro porque estoy harto de este sistema si luego uso google, que censura a diestro y siniestro y monopoliza allá donde puede?


Creative commons. Si de verdad creemos en el conocimiento humano como un bien común a la altura del aire, la tierra, o el agua, todos deberíamos usar la licencia creative commons.


DuckDuckGo. Sí hay buscadores más allá de google. Buscadores que no almacenan tus búsquedas, que no presentan los resultados según pagues más o te censuran tu página.


OpenStreetMap. Y si no uso el buscador mencionado, tampoco uso sus mapas, por muy detallados o buenos que sean.


FreeFoto. He utilizado alegremente fotos usando cierto buscador (de nuevo), sin plantearme muchas veces de dónde salían o quién las había tomado. No más.


Riseup. El correo electrónico cada vez se usa menos, pero yo, antiguo que soy, lo sigo usando mucho. El mío pertenece a un pequeño colectivo que defiende la libertad de expresión y el acceso para todo el mundo a las tecnologías. Y aunque piden un pequeño donativo de vez en cuando para mantener los servidores, es gratis.


Box. Me jode tener que instalarme un programa para compartir información. Me mosquea. Box permite lo mismo sin tener nada en tu ordenador. Es gratis, proporcionan 5GB y es tan intuitivo como un sistema de carpetas.


- Preguntas para nada retóricas.


¿Para cuándo formas alternativas de comprar en internet, lejos de los monopolios de Paypal, Amazon o similares? ¿Por qué unos señores que sólo actúan como intermediarios tienen que quedarse con tamaña cantidad de pasta?


¿Por qué no se ha extendido más el sistema ransom para financiar proyectos y luego liberarlos? ¿Por qué en lugar de extras no se devuelve el dinero que ha sobrado en un mecenazgo o se dona a proyectos solidarios?


¿Por qué siguen siendo tan caros los pdf y los libros electrónicos? ¿Por qué no se ofrecen de forma gratuita cuando compras el libro en formato físico?


¿Por qué le molesta tanto a la gente el tema de la dichosa propiedad intelectual? ¿Sois todos socios de la SGAE y similares? ¿Os va a sacar de pobres? ¿Sois de Monsanto?


¿Nos hace falta comprar tanto manual, tanto suplemento, tanta aventura? ¿Nos ha robado el sistema la imaginación y la creatividad? ¿Tenemos miedo a crear por nuestra cuenta?


¿Por qué estamos tan acomplejados? ¿Por qué no damos más difusión a esta afición, que se merece tanto o más que los videojuegos, el cine u otras manifestaciones artísticas?


Y un largo etc.

jueves, 16 de mayo de 2013

Purgandus libri: La historia interminable

[caption id="" align="alignleft" width="173"] La edición de "Círculo de lectores", los testigos de jehová de la literatura[/caption]

Antes de nada: no pienso hablar de la mojónica película (supuesta "adaptación" de la novela) o películas, ni de Limahl y su blandísima banda sonora, ni de si la obra es o no para niñxs. Bueno, de esto último sí: diré brevemente que no, que para nada, que la verdadera genialidad de Ende era escribir novelas que podían leer tan ricamente tanto un tierno infante como un canoso (y atractivo) madurito como yo (lo que hace Pixar hoy en día, vamos)


Tuve la suerte de leer la edición de círculo de lectores cuando era muy joven, y quedé fascinado por las ilustraciones de inicio de capítulo de Roswitha Quadflieg (he puesto aquí un par de ellas), y la gráfica distinción entre lo que sucede en el mundo real (escrito con caracteres rojos) y lo que ocurre en Fantasia (escrito con caracteres verdes [sí, sin tilde]). Muy en la tónica pseudo-solipsista de la infancia, durante un tiempo creí que era posible que un libro estuviera dirigido a alguien en particular, y no estar viviendo la auténtica realidad... luego vendría Matrix y lo pondría de moda, claro (sí, ahora me tomo la medicación y ya no pienso así)




[caption id="" align="alignright" width="173"] Tampoco diré nada sobre grupos musicales gafapasta[/caption]

La simbología inunda la obra de cabo a rabo. Bastian, un apocado e imaginativo niño, entra por casualidad en una librería mientras huye de unos simpáticos compañeros de clase (hoy en día, esto sería mobbing, y ellos unos acosadores). Tras una breve charla con el librero, le choricea el libro que este estaba leyendo - La historia interminable. Harto de la escuela y de su gris y triste vida, decide hacer pellas (en el desván de su propio colegio, extraña elección) y leerse el libro. La acción cambia entonces a lo que está ocurriendo en Fantasia, el reino contenido en el tomo (en todos los sentidos), aunque la acción pasa una y otra vez del exterior del mundo real al interior del mundo fantástico. No voy a resumir la novela entera, por dos razones: por no destriparla (si es que queda alguien que no la haya leído y lo quiera hacer ahora, caso remoto pero posible) y porque hay miles de sitios donde ya está escrito. Como decía al principio del párrafo, tan lejano ya, Ende hila una historia con múltiples lecturas y varios sentidos simultáneos, que interesantemente son válidos y cambiantes, para cualquier edad o estado de ánimo... es por esta razón una obra que anima a releerla pasados los años, y más si has sido tan afortunado de encontrarla a una tierna edad.


Esto me hace pensar... ¿Es releer un libro que te impactó o del que guardas un agradable recuerdo un puro acto de nostalgia? Mala es la nostalgia como único motor de una acción; uno de esos escritores pomposos de los que nunca hay escasez decía que llega un momento en la vida en la que empiezas a releer más que a leer. ¿Se puede aplicar esto al famoso movimiento old school de los juegos de rol? ¿Es dar la espalda a lo que surge en la actualidad? ¿Es puro orgullo al considerar que lo nuevo nunca será mejor que lo antiguo? ¿Somos un poquito carcas, en definitiva?




[caption id="" align="alignleft" width="182"] Estos sí son Atreyu y Fújur, joer[/caption]

Este libro rebosa sabiduría y auténtico conocimiento del ser humano. Bastian, el único protagonista humano de la historia, no puede contener su pulsión de crear y contar historias; en la novela, él es el único que realmente puede inventar nuevos relatos. En su intento de buscar un objetivo vital, termina olvidándose de quién es, de lo que nos convierte en lo que somos: nuestros recuerdos. Al perder su memoria, se pierde a sí mismo. A la vez, en su búsqueda del héroe, en su viaje como otro Prometeo, incurre en todos los errores que cualquier hijo de vecina cometería: prepotencia, egocentrismo, delirios de grandeza. Como bien decía un conocido, nadie aprende en cabeza ajena.


En última instancia, esta novela es una declaración de amor hacia los libros, hacia la literatura. Tal y como nos muestra Ende a través de su relato, todos los libros son historias interminables que realmente no tienen inicio ni fin aunque así parezca por su contención material; además, cada vez que alguien agarra uno y lo lee, lo que se detalla entre sus tapas o cubiertas ocurre como si fuera la primera vez, pero al mismo tiempo es recurrente y atemporal. Como resume perfectamente la coletilla que el autor usa a menudo, esta es otra historia y será contada en otra ocasión.


Hay un detalle que sin duda enlaza este genial libro a nuestra afición, aunque sea de una manera simbólica: es coetáneo a la publicación del primer juego de rol. No sé si Ende llegó a conocer los juegos de rol, pero su corpus artístico denota que hubiera disfrutado de ellos enormemente, como firme defensor de la fantasía y la creatividad como barreras de contención ante un mundo cada vez más gris, aburrido y oscuro. Algo está muy claro: la diversión que ofrecen sí que es una auténtica Historia interminable, una fuente creativa inagotable.


Veredicto: Supera tus prejuicios, la cultura pop fue muy cruel con esta obra maestra. Si siendo un rolero adulto no te identificas con el Bastian niño recordando tu infancia, ya tuviste suerte, ladrón. Y si lo haces, bienvenido al club (y sí, la escuela es un puto coñazo)